1. La literatura del siglo XVIII. Ensayo y teatro
2. Romanticismo literario del siglo XIX
3. Novela realista y naturalista del siglo XIX
4. El Modernismo y la Generación del 98
5. El novecentismo y vanguardias
6. La poesía de la Generación del 27
7. El teatro anterior a 1939. Tendencias, autores y obras principales
8. La novela española de 1939 a 1974. Tendencias, autores y obras principales
9. El teatro español de 1939 a finales del siglo XX. Tendencias, autores y obras principales
10. La poesía española de 1939 a finales del siglo XX. Tendencias, autores y obras principales
11. La novela y el cuento hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX. Tendencias, autores y obras principales
12. La novela española de 1975 a finales del siglo XX. Tendencias, autores y obras principales
viernes, 29 de mayo de 2015
jueves, 28 de mayo de 2015
La poesía de 1939 a finales del siglo XX. Tendencias, autores y obras principales
La segunda mitad del siglo XX está
condicionada por la Segunda Guerra
Mundial y por la Guerra Fría. El
llamado Estado del Bienestar llevó a la sociedad al consumo de masas, lo que
provocó una violenta reacción juvenil contra el orden establecido en mayo del
68. El final de siglo ha visto la desintegración de la URSS, la formación de la
Unión Europea y en 2001, la destrucción del World Trade Center, que junto con
los avances científicos-tecnológicos han transformado radicalmente el mundo. En
el ámbito del pensamiento, las corrientes ideológicas que más han influido son
el marxismo y el existencialismo y, en los últimos años,
movimientos filosóficos englobados bajo el rótulo de la posmodernidad.
En España se vive un largo periodo
bajo el régimen franquista (1939-1975), que pasa por la autarquía y el
aislamiento en los años 40, un cierto aperturismo en los años 50 y el
“desarrollismo” de los años 60. A la muerte de Franco, se restaura la monarquía
con Juan Carlos I y se promulga la Constitución y el Estado de las Autonomías
en 1978.
Tras la Guerra Civil, nos encontramos un panorama empobrecido por la
muerte y el exilio de los grandes poetas
(solo permanecen en España Gerardo Diego, Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre),
así como un profundo aislamiento por el ambiente de posguerra. Miguel Hernández, sirve de nexo con la generación
poética posterior desde la cárcel (Cancionero
y romancero de ausencias).
En la poesía de los años 40, las
principales tendencias de los autores de la llamada Generación del 36 son la poesía arraigada, cultivada por autores complacientes con el
régimen de la dictadura, reflejan un mundo armónico y ordenado, desde
las revistas Escorial y Garcilaso, con formas clásicas como el
soneto y temas tradicionales como el paisaje, el amor y la religión (Leopoldo
Panero -La estancia vacía-, Dionisio
Ridruejo, Luis Rosales…); y la poesía
desarraigada, de tono trágico, existencial, lenguaje apasionado y directo y
utilización del versículo, reflejan el dolor, la desesperación y la angustia
del ser humano ante un mundo caótico; aparece en 1944 con la publicación de Hijos de la ira, de Dámaso Alonso, y la aparición de la revista Espadaña (Victoriano Crémer, Eugenio de
Nora, Carlos Bousoño...).
Otras tendencias minoritarias en los
40 fueron el postismo, en la línea
vanguardista heredera del surrealismo y el dadaísmo (Carlos Edmundo de Ory,
Juan Eduardo Cirlot); y por otra parte, el
grupo “Cántico” en Córdoba, que cultivan una poesía intimista, de gran
rigor estético (Ricardo Molina, Pablo García Baena).
La publicación de Historia del corazón (1954), de Vicente
Aleixandre, Pido la paz y la palabra,
de Blas de Otero, y Cantos íberos, de Gabriel Celaya,
señalan el paso de la angustia existencial a la poesía social que predomina en los años 50. La poesía quiere ser
testimonio crítico de la época y pretende denunciar la injusticia. El poeta se
dirige a la “inmensa mayoría” con un estilo claro, sencillo, coloquial, a veces
prosaico, para hablar del tema de España, de la solidaridad, el anhelo de
libertad, la injusticia social... Aparte de Blas de Otero y Gabriel Celaya,
podemos incluir también a José Hierro.
En los 60, la llamada Generación del 50 o Generación
del medio siglo, cuya existencia es muy discutida, empieza a alejarse de la
poesía social: Ángel González (Áspero mundo), José Agustín Goytisolo,
Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente,
Claudio Rodríguez... A pesar de su diversidad, tratan temas personales e
íntimos como la evocación de la infancia y de la adolescencia, la amistad, el
erotismo... con un estilo poético muy depurado, natural, irónico y
humanista, con poemas de estructura muy
elaborada y predominio del verso libre.
En 1970,
el crítico José Mª Castellet dio a
conocer a los llamados novísimos, donde se pueden incluir
a Antonio Martínez Sarrión, Manuel Vázquez Montalbán, José Mª Álvarez, Pere Gimferrer (Arde el mar), Guillermo Carnero, Leopoldo Mª Panero, Juan Luis
Panero, Antonio Carvajal, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca... Rechazan
la métrica tradicional, buscan el experimentalismo formal y lingüístico,
propugnan el culturalismo (incluyendo mitos contemporáneos del cine) y el
elitismo, el gusto por lo decadente, lo exquisito y lo refinado.
Los últimos años de la poesía española significan la coexistencia de varias promociones y
tendencias, aunque predomina la reacción contra los Novísimos por medio
fundamentalmente de la de poesía de la
experiencia, con estructura narrativa, rechazo del irracionalismo y
acercamiento a la poesía clásica, con un tono irónico, intimista,
conversacional y temas cotidianos y urbanos: Luis
García Montero (Habitaciones
separadas), Felipe Benítez Reyes, Carlos Marzal... Otras tendencias son el
surrealismo de Blanca Andreu, el erotismo de Ana Rosseti o la poesía épica con
César Antonio Molina.
En la actualidad, la gran fuerza de las nuevas
tecnologías (Internet, autopublicación, blogs, ebooks...) impulsan que las
corrientes se dispersen aún más, aunque podemos destacar a Andrés Sánchez Robayna o Elena Medel (Mi
primer bikini).
viernes, 22 de mayo de 2015
El teatro de 1939 a finales del siglo XX. Tendencias, autores y obras principales
Después del desastre que en todos los órdenes supuso la Guerra Civil, al teatro, género sometido a peculiares condicionamientos ideológicos y comerciales, le costó especialmente remontar el vuelo. Algunos autores de los años treinta habían fallecido (caso de García Lorca, fusilado, o Valle-Inclán) o habían marchado al exilio (Max Aub, Alejandro Casona). Marcaremos los siguientes periodos:
Años cuarenta-cincuenta. Distinguiremos tres tendencias: teatro burgués, teatro humorístico y, más tardío, un teatro inconformista de signo existencial. El primero es un teatro que, destinado a un público acomodado, presenta conflictos de clase media o alta con cierta intriga e ingenio, una suave crítica y una cuidada técnica. Se manifiesta en forma de comedia de evasión o de drama ideológico, defendiendo siempre valores como la familia tradicional, la autoridad y la religiosidad. Entre sus autores destacaron José María Pemán, José López Rubio o Joaquín Calvo Sotelo (La muralla, 1954).
El teatro humorístico es un teatro de una comicidad intelectual cercana al absurdo, que debe mucho al atrevimiento formal y el espíritu lúdico de las vanguardias de preguerra. Sus figuras son dos autores que ya habían comenzado a escribir antes de la guerra: Miguel Mihura y Enrique Jardiel Poncela. El primero es el autor de Tres sombreros de copa (escrita en 1932 pero no representada hasta 1952); la obra opone las convenciones a la imaginación poética al mostrar, con una comicidad absurda y a veces tierna, el «flechazo» inducido que experimenta un joven tímido y convencional por una bailarina de una humilde compañía con la que coincide en la víspera de su boda. En cuanto a Jardiel, se ha calificado a su teatro de «inverosímil», porque presenta situaciones un tanto disparatadas con comicidad verbal y tono antisentimental, en obras como Eloísa está debajo de un almendro (1940).
Más tardía es la aparición de un teatro que refleja el malestar vital de personajes humildes, un teatro inconformista y existencial que se inicia con Historia de una escalera (1949), de Antonio Buero Vallejo. La obra nos presenta los conflictos amorosos, las penurias económicas y la falta de alicientes de una serie de personajes que, a lo largo de dos generaciones, viven en una humilde casa de vecindad donde la escalera que no lleva a ninguna parte acaba representando la inmovilidad. Luego Alfonso Sastre, con Escuadra hacia la muerte (1953), unirá la denuncia del militarismo a la reflexión sobre la condición humana; posteriormente su teatro derivará hacia el compromiso político y social.
Años sesenta. Al margen de la continuidad de la comedia burguesa, Buero Vallejo sigue desarrollando sus peculiares tragedias, que dejan una puerta abierta a la libertad del personaje y a la esperanza, siempre con un enfoque ético en el que se enfrentan acción y contemplación. Prevalecerán ahora los asuntos históricos y se incorporarán efectos de inmersión, en virtud de los cuales el público experimenta las mismas sensaciones de los personajes. Destaca El tragaluz (1967), historia de una familia trágicamente escindida por una guerra, que ciertamente evoca a vencedores y vencidos de la Guerra Civil española.
Además, una nueva promoción de autores desarrolla un teatro realista de protesta y de denuncia, a veces con rasgos expresionistas, en el que destacan José María Rodríguez Méndez (Los inocentes de la Moncloa, 1961), Carlos Muñiz (El tintero, 1961), Lauro Olmo (La camisa, 1962) y José Martín Recuerda, quien, en Las salvajes en Puente San Gil (1963) presenta con rasgos esperpénticos la convulsión causada por la llegada de una compañía de revista a un pueblo de la España «profunda».
Años setenta. El teatro realista va dejando paso a un teatro más experimental, como sucedió en los demás géneros. El propio Buero Vallejo acentúa los efectos de inmersión en obras como La fundación (1974), en la que un hombre va descubriendo, en paralelo con el espectador, que lo que creía una lujosa institución no es sino una cárcel en la que está junto a unos compañeros a los que ha delatado bajo torturas.
Además, surge el llamado «teatro soterrado», que mezcla influencias de grandes corrientes del siglo XX, como el teatro «épico» y político de Brecht, el teatro «de la crueldad» de Artaud y el teatro del absurdo de los años cincuenta. Sus temas centrales son la falta de libertad, la injusticia y la alienación provocada por el maquinismo y el consumismo. En cuanto a las técnicas, con frecuencia incorpora al espectáculo elementos musicales, circenses, de danza, etc.; suele presentar personajes deshumanizados y esquemáticos (a veces, animales), y las situaciones y el lenguaje suelen ser alegóricos o simbólicos, a veces grotescos, aunque las analogías con la situación política española sean evidentes. Entre sus autores destacan José Ruibal o Manuel Martínez Mediero y, en una línea más personal, neobarroca, Francisco Nieva.
También en estos años surgen los grupos de teatro independiente. Sus obras dan más importancia al espectáculo que al texto (suelen ser de creación colectiva), incorporan elementos de otros espectáculos y subgéneros teatrales (danza, cine, circo, cabaré), con la consiguiente importancia de la expresión corporal, y tratan de romper la «cuarta pared», es decir, la tradicional separación entre actores y espectadores. Llevan a cabo una síntesis de lo experimental y lo popular. Entre los más destacados figuran Tábano, en Madrid, La Cuadra, en Sevilla y Els Joglars, Els comediants, Teatre Lliure y La fura dels Baus, en Cataluña.
Asimismo, hay que citar a dos autores muy peculiares: Fernando Arrabal, que se vincula en Francia al teatro del absurdo, y Antonio Gala, que desarrolla un realismo poético con crecientes concesiones comerciales.
Desde los años ochenta. El apoyo estatal y la tendencia a reestrenos, reposiciones y adaptaciones de clásicos o de otros géneros caracterizan este periodo. Se imponen corrientes como el teatro de tema histórico (Las bicicletas son para el verano, de Fernán Gómez) y el realismo costumbrista (Bajarse al moro, de J. L. Alonso de Santos). Además, continúan los grupos de teatro independiente, algunos de los cuales, como Els joglars o La fura dels baus, alcanzan incluso cierto éxito en circuitos comerciales. Paralelamente, pervive la comedia burguesa, modernizada por autores como Rafael Mendizábal.
Ya en la transición del siglo XX al XXI, una promoción de autores nacidos entre 1957 y 1968 va abriéndose paso con el llamado «teatro posmoderno». Tratan sobre situaciones cotidianas, relaciones personales y laborales, las drogas, la violencia o la xenofobia. Técnicamente, presentan una moderada experimentación. Podemos destacar a la propia Paloma Pedrero, a Jordi Galcerán (El método Grönholm, 2003), o a Juan Mayorga (La tortuga de Darwin, 2008), con gran repercusión en el extranjero.
Tendencias del teatro actual:
1. El teatro de compañías institucional: el Centro Dramático Nacional o la Compañía de Teatro Clásico realizan montajes de obras consagradas y contribuyen a difundir el patrimonio teatral histórico.
2. El teatro comercial: continúa la tradición de la comedia burguesa.
3. El teatro de humor: sigue cosechando éxitos con nuevas fórmulas: monólogos, cómicos, comedias mudas, etc.
4. Los nuevos autores: destaca la presencia de mujeres dramaturgas.
5. La abundancia de grupos teatrales: sobreviven en difíciles condiciones, representando obras de autores poco conocidos en salas pequeñas.
6. El teatro musical: poco habitual en España, pero hoy en día tiene un gran éxito. Se adaptan obras internacionales como Cats o se crean obras propias como Hoy no me puedo levantar.
martes, 21 de abril de 2015
Comentario de texto de Manuel Vicent: Espejos
Resumen. Según Manuel Vicent, hay espejos buenos y malos. Los primeros, nos quieren, como el familiar espejo del cuarto de baño, o algún otro encontrado al azar en las calles: éstos nos devuelven una imagen aceptable de nosotros mismos, y eso nos da confianza. Los espejos malos, los de los probadores, por ejemplo, al reflejar el deterioro físico que el paso del tiempo produce en nuestra figura, destrozan nuestra estima.
Tema. En este artículo el autor reflexiona sobre los estragos que el paso del tiempo produce en nosotros, estragos de los que somos conscientes, sobre todo por la imagen que los demás nos devuelven de nosotros mismos.
Tipo de texto. El texto pertenece al periodismo de opinión. Podría tratarse de una columna, género caracterizado desde el punto de vista formal por la asiduidad, la extensión moderada y uniforme, circunstancia que facilita su lectura, la ubicación fija en una determinada página del periódico y por llevar la firma de su autor (en este caso, de Manuel Vicent, colaborador habitual del diario El País). Por otra parte, son rasgos inherentes a la columna la libertad en la elección del tema, que puede ser más o menos actual, la libertad en el planteamiento del mismo, siempre desde un punto de vista muy personal, y la libertad expresiva.
Características lingüísticas y estilísticas. El texto adopta la forma de una exposición deductiva, pues en la primera oración el columnista presenta la idea principal (los sentimientos de amor, odio o indiferencia que transmiten los espejos) y, a continuación, la desarrolla analizando la imagen que de nosotros mismos ofrecen esos objetos:
1 El espejo amigo del cuarto de baño atenúa el inexorable paso del tiempo al devolvernos mejorada nuestra imagen gracias a la acción de los cosméticos.
2 Los espejos de los escaparates nos devuelven nuestra figura, unas veces amable y otras, desolada.
3 Y, por último, los espejos de los probadores son auténticos enemigos, pues al contemplarnos en ellos constatamos que hemos envejecido.
El texto presenta unos rasgos distintivos (subjetividad y libertad expresiva) que responden a las exigencias del periodismo de opinión en su modalidad de columna o artículo de colaboración. Esas peculiaridades se manifiestan en los diferentes niveles del código lingüístico:
La subjetividad se refleja en una serie de marcas lingüísticas entre las que destaca la presencia del yo, unas veces explícito en la forma correspondiente del verbo, de pronombre personal y del determinante posesivo (entro, me afeito, enfrentas, tú eres, miras de reojo, ves) e incluso en la tercera (uno se vuelve a crear a sí mismo, su silueta aún es aceptable, ya camina como un viejo); en ocasiones, emplea la primera del plural con la intención de involucrar al lector (nos quieren, nos odian, tenemos, nuestro amigo íntimo). Otra muestra palpable del carácter sujetivo del discurso lo constituye la connotación, fenómeno por el que las palabras se revisten de nuevas significaciones afectivas (crueldad del tiempo, tripa, crímenes, calzoncillos).
La libertad expresiva se manifiesta, por un lado, en la confluencia de la lengua culta y coloquial. A la primera corresponden vocablos como residuos, percibes, yergue, jovial, innumerables, cubículos; en cambio, son propios del registro coloquial los términos tripa o viejo, así como el empleo de la 2.a persona para referirse a uno mismo (te enfrentas, tú eres, le miras de reojo y ves que su silueta...).
Es también característica del habla popular la imagen cómica de los que huyen de los probadores en calzoncillos al contemplar su imagen deteriorada en el espejo, o la de aquel que pasa delante de ellos con la tripa metida para camuflar el exceso de kilos. Pero, por otro lado, el columnista recurre de forma reiterada a procedimientos de la lengua literaria como el paralelismo y el asíndeton («unos nos quieren, otros nos odian, otros simplemente nos ignoran»), o el símil donde compara, degradándola y cosificándola, la figura humana como mercancía que acaba en una rebaja de grandes almacenes. Asimismo, la expresión metafórica «En este Olimpo cosmético» (muchas cremas y colonias tienen nombres de dioses) implícitamente encierra una ironía: es como, si al usar estos productos, se pudiera conseguir la eterna juventud o la inmortalidad propia de los dioses, cuando la triste realidad es que somos víctimas del paso inexorable del tiempo. No faltan tampoco las personificaciones («la crueldad del tiempo», «los espejos nos quieren», «lunas que no cesan de dar cuchilladas desde los cuatro ángulos»).
Conviene destacar que se trata de un texto representativo del periodismo de opinión, por la forma personalísima con que el autor aborda un tema universal como es la conciencia del inevitable paso del tiempo.
Valoración crítica de Cien años de Soledad
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez
A. Aspectos externos a la obra
1. Localización. Cien años de soledad (1967) es la novela más famosa de su autor, el colombiano Gabriel García Márquez (premio Nobel 1982), quien recoge en ella personajes y ambientes ya utilizados en cuentos y novelas cortas anteriores, todos ellos en torno al universo imaginario de Macondo. Se considera el máximo exponente del realismo mágico, tendencia literaria que surgió en Hispanoamérica entre 1940 y 1950, consistente en combinar el realismo con elementos fantásticos o imaginarios propios de la realidad americana.
B. Aspectos propios de la obra
1. Argumento y estructura. El contenido de Cien años de soledad es complejo. Narra la historia de una saga familiar, los Buendía, fundadora de la aldea de Macondo, que acabará constituyéndose en un microcosmos de la historia del Caribe, de Iberoamérica e incluso, por extensión, de la Humanidad en general. Asistimos, pues, a la génesis y el apocalipsis de ese lugar (con claras referencias bíblicas), y a los avatares de sus habitantes, marcados por una serie de motivos argumentales: la soledad, el incesto, la guerra, las lluvias interminables, la llegada de la compañía bananera… Se mezclan, pues, elementos históricos y míticos o mágicos (alquimia, profecías, monstruos, la peste del insomnio) que podrían estructurarse en tres partes (la estructura externa se divide en veinte capítulos o secuencias sin numerar): la primera parte, con rasgos míticos, presenta la fundación y establecimiento de Macondo; la segunda, la larga etapa de las guerras civiles y el protagonismo del coronel Aureliano Buendía; y la tercera, la decadencia de Macondo a partir del establecimiento de la compañía bananera. En todo caso, el relato no sigue un orden lineal.
2. Personajes. Constituyen una galería rica y compleja. Destacan, como iniciadores de la saga, José Arcadio Buendía y Úrsula Iguarán, matrimonio y parientes lejanos. El coronel Aureliano Buendía, segundo de sus hijos, protagoniza las guerras civiles. También es importante el gitano Melquíades, mago y depositario finalmente de la historia de Macondo. El autor gusta de reiterar los mismos nombres, con ligeras variantes, en numerosos personajes, lo que realza la impresión de endogamia y refleja una costumbre del Caribe. Es significativo que los Aurelianos tengan hijos y prolonguen la estirpe, mientras que los José Arcadios, no: Mientras los Aurelianos eran retraídos, pero de mentalidad lúcida, los José Arcadio eran impulsivos y emprendedores, pero estaban marcados por un sino trágico, se dice textualmente. Con frecuencia los personajes, especialmente los femeninos, muestran cualidades o características en grado extremo: la fortaleza de Úrsula, el sacrificio de Santa Sofía de la Piedad o la fuerza del segundo José Arcadio Buendía.
3. Espacio y tiempo. La cifra de cien años no es exacta: la referencia principal es el tiempo de vida de la matriarca, Úrsula Iguarán. En todo caso, como decíamos, el tiempo interno va desde los orígenes hasta el último Aureliano. El tiempo histórico o externo es más difícil de precisar: por ejemplo, las alusiones al «sabio catalán» exiliado en Macondo tras la guerra civil española parece fijar el final de la historia, como mínimo, hacia mediados del siglo xx, lo que situaría el comienzo de la acción hacia mediados del xix. En todo caso, lo importante es que algunos hechos narrados en la novela son representativos de acontecimientos históricos y sociales que han afectado a Latinoamérica, como las guerras civiles y la colonización económica norteamericana, vista negativamente a través del coronel Aureliano Buendía.
En cuanto al espacio, no se nombra ningún país concreto. Macondo, aldea imaginaria pero inspirada en el pueblo natal de García Márquez, es el epicentro absoluto de la acción. En un principio es un lugar virginal, incontaminado por la civilización. En ese ámbito rural, no cabe hablar de clases sociales hasta que llega la compañía bananera y el pueblo entra en una dinámica más moderna: sindicatos, huelgas, represiones…
4. Punto de vista narrativo. En principio la novela parece narrada por un narrador externo omnisciente que, al conocer todo lo que afecta a sus personajes, se mueve como quiere a través de su material narrativo. Al final, sin embargo, sabremos que es Melquíades quien ha recogido el relato en sus pergaminos, por lo que tenemos que hablar de un narrador interno-personaje (no protagonista), lo que refuerza la ilusión de verosimilitud y contribuye a la confusión entre realidad y fantasía que caracteriza a toda la novela.
5. Lenguaje. Aunque, lógicamente, predomina la narración (como «cuento de cuentos» se ha definido esta novela), no faltan los pasajes descriptivos. El diálogo es escaso, tal vez para salvaguardar la primacía del narrador sobre su material narrativo. El lenguaje presenta abundante adjetivación y una marcada presencia de la función poética. Es particularmente frecuente el uso de recursos de intensificación como la hipérbole, por la tendencia general a la desmesura propia del realismo mágico, que da lugar también a una cierta presencia de un humor cómplice con el lector a la manera cervantina. La sintaxis tiende a la complejidad y el léxico es rico y variado.
6. Conclusión valorativa. Cien años de soledad es una obra muy compleja y ambiciosa. Por su contenido, la historia de los Buendía y de Macondo le sirve al autor para ofrecer una visión general, en clave poética o literaria, del mundo hispanoamericano y del mundo en general, gracias a sus elementos míticos o simbólicos. Con la hipérbole como recurso muy frecuente y con un tono humorístico — que no rehúye lo trágico cuando es necesario— el autor ha conseguido un lenguaje muy innovador, pero al mismo tiempo sorprendentemente clásico y accesible al lector medio. Su equilibrio entre realidad y fantasía, su facilidad para engarzar historias y personajes fascinantes, la han convertido en un clásico moderno y en una de las más grandes novelas del siglo xx.
miércoles, 15 de abril de 2015
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